Por Luciana Garone

                                               Perfil del Oso

 

                       

 

 

         

 

 

          Con la mano roja de tanto golpear gente en un bar de apuestas, Rubén, alias el Oso, agarra a la actual pareja de su mujer, Sergio, y lo lleva en su auto. Recio, con una dura mirada, le dice: “¡A la gente hay que cuidarla, no es tan difícil de entender!” Y sigue manejando.

 

Rubén estuvo preso desde que su hija, Alicia, cumplió un año hasta que tuvo ocho, por asesinar a un policía en el medio de un asalto. Todo ese tiempo  se aferró a una foto en la que aparecían Alicia, su mujer Natalia y él: la visión de una familia que ya no lo incluye.

Cuando sale, va en busca de su botín. Es plenamente consciente de la situación, está decidido a actuar. Lo primero que hace es comprarle a su hijita un oso rojo como una prueba de que está, de que siempre la va a acompañar y que la va a abrazar fuerte como un oso, pero suave como un peluche; para contenerla, para recuperar un poco del amor, para expresarle que es su padre y que no importa lo que tenga que hacer para que ella esté bien. Y lo va a hacer, otra vez, al margen de la ley.

El Oso es hosco, maneja una inmensa emoción contenida y sólo la expresa con gestos. Simples pero contundentes gestos. Un regalo que elige para Alicia: un libro de cuentos, aunque él no se lo pueda leer a la noche antes de dormir. La resignación como una sublime muestra del profundo amor que siente por su familia y que a cualquier costo, aún con otro hombre durmiendo al lado de su ex mujer, decide él mismo, con su determinación, pagar.

            Su familia está a punto de perder la casa, se van a quedar en la calle. Sergio, la actual pareja de Natalia, es un jugador compulsivo y está desempleado. Rubén  consigue trabajo en una remisería, pero su meta es recuperar lo que su antiguo compañero le debe. Y no le importa cargarse unas cuantas vidas para conseguirlo. Y no le importó, y volvió a marcar la suya. Todo, por su gente. Todo, por esa familia de portarretrato en la mesa de luz de Alicia.

 

          

Por Martin Fernandez Cruz

 

 

El arte del Capricho

 

 

 

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    En un capítulo de Los Simpsons, un grupo de empresarios encuesta a varios alumnos de la escuela de Springfield sobre sus juguetes favoritos. Al poco tiempo, Bart y Lisa descubren que todas esas preguntas solamente tenían como objetivo lanzar al mercado un muñeco que cubriera todo el espectro de necesidad que pudiera tener un niño a la hora de divertirse con un juguete. Lisa, como es de esperar, se siente estafada; Bart, como es de esperar, se encapricha y le pide a sus padres que le regalen a Bonzo, tal es el nombre del muñeco.  Pues bien, aunque pueda parecer un argumento de ficción, lo cierto es que la industria juguetera se basa, en mayor o menor medida, en esta misma premisa.

    Una profesora de Harvard, Susan Linn,  revela que la clave para vender un juguete se encuentra exclusivamente en la manipulación del comprador, o sea, de los niños.  Lucy Hughes, vicepresidente de Initiative Media, una empresa especializada en venta y publicidad,  confesó un revelador sistema en el que le dieron a varios padres una planilla que debían completar cada vez que sus hijos de encapricharan con algún artículo. Los resultados fueron predecibles: mientras los niños más exigen un artículo, más posibilidades existen de que sus padres se lo compren. Según Hughes, el mismo principio es también aplicable a los parques de diversiones, las películas o incluso las golosinas.

    Para quienes no ven este juego de manipulación con buenos ojos, es un abuso utilizar este recurso en niños. Hubo en los últimos años incluso participación de psicólogos a la hora de idear campañas publicitarias de nuevos juguetes. Se supone que un equipo de terapeutas sabe qué botones presionar en la mente de los niños con mayor efectividad para conseguir su atención. Para Susan Linn, “una cosa es que un psicólogo trabaje con productos para niños y ayude a las empresas jugueteras a producir juguetes apropiados para su fase de desarrollo, y otra cosa es vendérselo directamente a los niños”. Para Linn, cuando las empresas de publicidad descubrieron que los caprichos suelen ser el punto flaco de los padres, la industria decidió aprender a educar a los niños en cómo deben insistir con eficacia, y sentencia que “una familia no puede hacer frente a una industria que se gasta 12 mil millones de euros al años intentando ganarse a sus hijos.”

    El que la publicidad encuentre en los niños un consumidor fiel no es novedad.  Cuando en 1992 el escritor James U. McNeal publicó su libro Marketing para niños: manual de comercialización dirigida  a los niños, reveló a lo largo de un análisis pormenorizado todas las herramientas que la publicidad debe utilizar para atrapar a los niños y cómo estos se habían en los clientes más vulnerables y, a la vez, con mayor poder de consumo dentro de todo tipo de extracto social. En su libro, el autor destaca la figura del niño como un potencial comprador desde una edad muy temprana, ya que “cuando llega el momento de en que el niño puede estar sentado derecho, se lo instala en su puesto de observación culturalmente definido: el changuito del supermercado”.  

    Otro mercado irresistible para los niños es el cine. Desde hace años la industria entiende que un niño significa al menos dos entradas vendidas, ya que ningún menor irá al cine solo, por lo que hacer un film para los pequeños implica venderle la entrada a él, a su padre, y con suerte, también a su madre. Y es justamente por esto que las películas infantiles no demoran en alcanzar una gran cantidad de entradas vendidas. 

    A nivel nacional, el grupo de Cris Morena comprende perfectamente de qué manera trabaja la mente de un niño con respecto a una película o programa televisivo. En mayo de 2008, salió publicada en Página 12 una nota titulada Cuentito de hadas y plata dulce, escrita por Emanuel Respighi; allí Cris destacó que “El target infanto-juvenil es el que más se fideliza con un contenido televisivo. En los adultos, la serie es un producto de entretenimiento más. Pero el público infantil lo vive como algo más propio y se relaciona mucho más con la historia y sus personajes. Es parte de sus vidas. Lo hablan en el colegio, bailan la música en las fiestas, se aprenden las coreografías y se visten como los personajes más afines”.

   Al igual que en la publicidad, la televisión también entiende cómo debe atrapar a los niños, solo que en vez de utilizar una propaganda para venderles un compact, una remera o un muñeco, producen un programa de televisión que les vende el pack completo.  McNEal, el gran gurú de la venta para niños, dice en su libro: “El medio de publicidad más fuerte en el mercado de los niños son las películas. Bastante pizza hicieron comer las tortugas ninja, bastantes muñequitos vendieron Batman, He-Man y ni hablar de Los Simpsons”. Los Simpsons, el mismo producto que, irónicamente, supo construir una crítica al mismo sistema del que también forma parte y solamente aspira a educar a los niños en el arte del capricho

 

Entrevista a compañeros

Trabajo práctico de IPI

 

 

1) Leer los apuntes de la segunda parte de la clase del lunes 5 de octubre, en la que los alumnos entrevistaron a siete compañeros.

2) Elegir una de las tres mesas: a) la de los dos que trabajaban en medios, b) la de los tres que practicaban alguna actividad artística o c) la de los dos que tenían hobbies.

3) Escribir una nota informativa de diez (10) líneas sobre la mesa elegida.

4) No es noticia que los docentes invitaron a varios alumnos a subir al escenario. La noticia debe ser algún dato u opinión con contenido informativo aportado por los entrevistados.

5) La nota debe tener, como mínimo, dos citas textuales.

6) Más allá de que se escojan las citas de un solo entrevistado, en la nota también debe figurar el nombre de sus compañeros de mesa.

7) El trabajo se entregará entre el 20 y el 23 de octubre, en la pasada de IPI durante la clase de Taller I.

 

 

 

 

Nota de Leila Guerriero

¨Al lector lo tenés que agarrar de la nariz¨ 

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Sus crónicas aparecen en medios de toda Hispanoamérica. Acaba de reunirlas en un volumen y aquí cuenta los secretos para narrar una historia con toda su magia.

Leila Guerriero tiene preocupaciones extrañas para una periodista. No sólo “la curiosidad serial, asesina”, con que sigue a sus entrevistados y la dedicación de tiempo que puede darle a su trabajo. También cuida la métrica de las palabras, el armado de las frases, la construcción minuciosa del relato. Pese a la repercusión de Los suicidas del fin del mundo (Tusquets, 2005), libro donde investigó una serie de suicidios en Puerto San Julián (Santa Cruz), sus crónicas son menos conocidas en la Argentina que en el extranjero: en su mayoría se publicaron en revistas y diarios de Colombia, España, México, Chile y Uruguay. Frutos extraños (Aguilar), libro que ahora reúne una selección de esos textos, realiza un ideal propio: “La crónica como forma perfecta de contar”.

Frutos extraños incluye veinticinco textos -crónicas, perfiles, discusiones y artículos sobre el periodismo- escritos entre 2001 y 2008. El Equipo Argentino de Antropología Forense, el grupo Reynols, un clon de Freddy Mercury, el empresario Alberto Samid y el mago René Lavand son algunos de sus temas y personajes.

“Cuando reviso un trabajo –explica Guerriero a propósito del recorte del libro– me pasa que de cinco años para atrás no hay nada para rescatar. Tengo la sensación de que ya no escribo así y lo que es viejo no me representa. Antes escribía con mucha puntillita, mucho bordadito, muy barroca”.

–¿El cambio en la escritura se dio por alguna crónica en particular?

Fue después de Los suicidas del fin del mundo. A partir de ahí empecé a escribir con menos artificio. Seguramente hubo cosas que se dieron de a poco. Tengo una mirada muy obsesiva, autocrítica. Trato de no repetirme, de estar muy atenta al autoplagio, los truquitos que aparecen cuando se empieza a hacer cómodo lo que uno escribe. También tiene que ver con la lectura de algunos autores de ficción que tienen un estilo despojado –Lorrie Moore, la principal– y de alguna poesía como la de Idea Vilariño, que con tres palabras, superrepasadas, dice muchas cosas. En una época empecé a leer mucho a Richard Ford y los minimalistas. Fue estar más consciente de lo que hacía, perder cierta inocencia. A lo mejor publicar un libro te pone en otro lugar, te da una responsabilidad exacerbada. Desde el punto de vista formal el cambio tiene que ver con haber empezado a perder cosas por el camino, más que a sumar recursos y fuegos de artificio.

–El principio es siempre importante en tus crónicas. En cambio, los finales parecen menos fuertes, no hay remates. Y en general armás el relato a través de fragmentos. ¿Cómo apareció esta forma de narrar?


Lo de los principios me lo pienso mucho, y nunca me siento a escribir si no tengo el principio. Eso es de Homero Alsina Thevenet: al lector lo tenés que agarrar de la nariz porque si no se pianta; cuando vio al lado una publicidad que le gustó, ya se fue. Y al final voy llegando. Le tengo pánico a la moraleja, esa cosa sentenciosa me pone nerviosa. En la nota sobre el gigante, el basquetbolista Jorge González, hay un final largo, una especie de monólogo en tercera persona que me parecía necesario para equilibrar la mirada. Era importante mostrar lo mal que lo había pasado el personaje, todas las decisiones equivocadas que había tomado, lo terriblemente victimizado que estaba. Es cierto que los finales son a veces menos contundentes, pero también los pienso muchísimo. El final de la nota con los forenses –que escribí en doce días de encierro completo– se me ocurrió en la ducha. Yo quería que terminara en el cementerio, pero también quería contar lo que iba a pasar después. Además es periodismo, tenés doce mil caracteres y no una novela para contar. Ese bailecito en una baldosa es medio complicado. Los textos fragmentarios tienen que ver con el cine, con ver mucho documental y pensar las cosas como corte y a otra cosa. Eso va generando un clima, por acumulación de silencios y de espacios. Por eso me enferma cuando en las ediciones online sacan los asteriscos que yo pongo; queda todo pegoteado y no se entiende, parece una nota escrita por un oligofrénico. Pero no cualquier historia puede ser contada fragmentariamente. Cuando tenés poco espacio y necesitás crear clima, esa escritura fragmentaria es muy eficaz, te permite enhebrar, entrecruzar, retomar cabos que quedaron en suspenso. Lo que no decís es tan importante como lo que decís y ahí vas pasando una cantidad enorme de información.

–En tus notas sobre periodismo citás las indicaciones para colaboradores que daba Alsina Thevenet en El País de Montevideo. ¿Qué pensás de su oposición al uso de la primera persona, tan en contra de la crónica moderna?

Homero decía que la primera persona sólo debía ser utilizada en caso de experiencias intransferibles de otro modo. Tiene toda la razón. Hay mucho cronista moderno que cree que ser cronista es escribir “me siento en la confitería, pido un café, veo llegar a mi entrevistada”. Sé de editores que encargan una nota y dicen “debe estar escrita en primera persona”, pero el cronista tiene que pensar –y utilizar o no la primera persona– en función de lo que el texto necesita. En Los suicidas… me dio un pudor terrible usar la primera persona; hablamos mucho con Jordi Carrión y al final decidí que venía a cuento, iba a ser la voz de un personaje que era como un extranjero, una mirada entre cálida y qué onda este pueblo. La primera persona distrae mucho, es un recurso muy fuerte, como estar mirando una película llena de primeros planos todo el tiempo. Cuando uno es joven, cronista y latinoamericano, corre el riesgo de pensar que no hay nada más interesante que uno mismo y en realidad el arte de escribir crónicas es desaparecer. La protagonista es la historia.

–En varios casos (Romina Tejerina, Yiya Murano, Jorge González) te ocupás de historias que ya fueron contadas. ¿Cómo le encontrás la vuelta para decir algo nuevo?

A la historia del gigante la había visto siempre en las páginas de Deportes. Pero a veces los periodistas aceptan todo lo que la gente dice sin cuestionamientos. Un basquetbolista de la Selección Nacional que, a punto de entrar en la NBA, se dedica a la lucha libre: ahí hay por lo menos un salto inexplicable, y después de tres años termina solo en El Colorado, Formosa. Cuando empecé a hablar con él encontré muchas contradicciones y ocultamientos, incluso para él mismo, una relación traumática con la madre, muchas cosas nunca contadas; y era un personaje que había estado en los programas de Mirtha Legrand y Susana Giménez. Los personajes son mirados a veces desde el prejuicio, bueno o malo, y los acercamientos prejuiciosos van en detrimento de la historia. En esas crónicas no hay una entrevista o un mes de seguimiento exclusivos. Son historias que están ahí y sólo necesitan mirar un poco más allá, ser atravesadas por la curiosidad, con la mirada de un periodista que no sabe lo que va a contar. 

 

 

Extraído del Diario Crítica de la Argentina del 27/09/09

 

 

 

 

 

Trabajo de IPI para el 7 de Octubre

Decálogo de un buen Cronista

 

 

 

 

 

1) Leer los apuntes tomados durante la primera parte de la clase de lunes 21 de septiembre (Claves de la crónica, con Leila Guerriero).
 
2) Elegir diez citas textuales de Guerriero (no más de tres líneas) y elaborar con ellas un “decálogo del cronista”.
 
3) El trabajo se entregará en las pasadas de IPI de la semana del 6 al 9 de octubre (en la respectiva clase de Taller I).

 

 

 

 

 

 

 

Por María Emilia Ferreiros

              Sin lugar para vivir

 

                   http://aversinosentendemos.blogspot.es/img/rufinacambaceres.jpg 

 

La joven dama vestida con un camisón de seda blanco abre sus ojos y por un instante cree estar ciega. La oscuridad y el frío del encierro envuelven su bello y delgado cuerpo. El aire se torna algo viciado, es imposible respirar, es imposible moverse. Toca su pálido rostro y con fuerza inserta sus uñas en la delicada piel, se lastima y no le importa. Con odio golpea una y otra vez las paredes que la rodean. De pronto, un techo de mármol helado se le acerca y el pequeño lugar donde quiera que esté cae al suelo. Definitivamente, Rufina Cambaceres no está donde debería estar.

            Su vida fue fugaz, mitad aburrida, mitad interesante. Su padre, el escritor argentino Eugenio Cambaceres, falleció cuando Rufina era joven y le quedaban sólo unos años de vida. Su madre, Luisa Bacichi, pronto dejaría atrás su luto para enamorarse de aquel que años después se convertiría en presidente de la Nación, Hipólito Yrigoyen. Los hombres, tanto jóvenes como adultos, de la alta burguesía quedaban absortos frente a la belleza que emanaba el rostro casi de porcelana de Rufina y el cabello ondulado de un negro intenso que recorría su torso hasta la cintura. Aunque algo antisocial, la joven era perfecta.

            “Antes de partir, tengo que contarte un secreto, algo que tengo guardado y que puede llegar a hacerte mucho daño: tu madre se ve a escondidas con tu novio.” Pudo haber sido ese comentario de una amiga, o tal vez el destino lo quiso así, pero la noche del 31 de mayo de 1903 de fiesta y celebración en su hogar de la calle Montes de Oca, la vida de Rufina terminó, o al menos eso creyeron sus seres queridos. “Está muerta” fue lo primero que diagnosticó su médico cuando la encontraron sin signos vitales en su habitación. Fue enterrada con rapidez, apenas tres horas más tarde.

 

            Tímida e introvertida, como lo fue durante sus cortos 19 años de vida, se despertó al día siguiente de su muerte en un féretro de mármol, con grandes flores talladas en los laterales y una inscripción de oro con su nombre colocada al frente. El diagnóstico del doctor quizás debería haber sido “catalepsia”, una enfermedad que deja a la persona sin signos vitales. Lo que queda de Rufina es una enorme escultura moderna ubicada en una esquina del cementerio de La Recoleta que la representa en un intento inútil de abrir la puerta enrejada de la bóveda, de la que nunca pudo salir.

 

 

 

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