Por Luciana Garone

Con la mano roja de tanto golpear gente en un bar de apuestas, Rubén, alias el Oso, agarra a la actual pareja de su mujer, Sergio, y lo lleva en su auto. Recio, con una dura mirada, le dice: “¡A la gente hay que cuidarla, no es tan difícil de entender!” Y sigue manejando.
Rubén estuvo preso desde que su hija, Alicia, cumplió un año hasta que tuvo ocho, por asesinar a un policía en el medio de un asalto. Todo ese tiempo se aferró a una foto en la que aparecían Alicia, su mujer Natalia y él: la visión de una familia que ya no lo incluye.
Cuando sale, va en busca de su botín. Es plenamente consciente de la situación, está decidido a actuar. Lo primero que hace es comprarle a su hijita un oso rojo como una prueba de que está, de que siempre la va a acompañar y que la va a abrazar fuerte como un oso, pero suave como un peluche; para contenerla, para recuperar un poco del amor, para expresarle que es su padre y que no importa lo que tenga que hacer para que ella esté bien. Y lo va a hacer, otra vez, al margen de la ley.
El Oso es hosco, maneja una inmensa emoción contenida y sólo la expresa con gestos. Simples pero contundentes gestos. Un regalo que elige para Alicia: un libro de cuentos, aunque él no se lo pueda leer a la noche antes de dormir. La resignación como una sublime muestra del profundo amor que siente por su familia y que a cualquier costo, aún con otro hombre durmiendo al lado de su ex mujer, decide él mismo, con su determinación, pagar.
Su familia está a punto de perder la casa, se van a quedar en la calle. Sergio, la actual pareja de Natalia, es un jugador compulsivo y está desempleado. Rubén consigue trabajo en una remisería, pero su meta es recuperar lo que su antiguo compañero le debe. Y no le importa cargarse unas cuantas vidas para conseguirlo. Y no le importó, y volvió a marcar la suya. Todo, por su gente. Todo, por esa familia de portarretrato en la mesa de luz de Alicia.